En la búsqueda de información acerca de la evolución de la medicina
en Venezuela, cronistas y estudiosos de la materia, señalan que durante los
días coloniales, en los dominios de la medicina, para cicatrizar una herida,
según la mentalidad de la época, el remedio más eficaz consistía en aplicar
sobre la herida un hierro candente o una cataplasma de cebolla combinada
con manteca de perro pequeño y si alguna persona era mordida por una
serpiente, el tratamiento consistía en un preparado a base de parte de la
víbora, pimienta negra, jugo de adormidera, incienso, trementina, goma y
miel de abeja. Como la cirugía en aquellos lejanos tiempos se tenía como un
oficio manual, no era desempeñada por los galenos, dado que la misma era
considerada una actividad indigna y por lo tanto se la dejaban a los barberos
y curiosos.
Para casi todas las enfermedades que se presentaban en la época
colonial, el tratamiento recomendado era la sangría, tratamiento que
consistía en cortarle una vena a la persona enferma y recoger la sangre en un
recipiente. Con relación a esta operación, el historiador Luis Enrique
González, autor de investigaciones sobre la evolución histórica y social de La
Guaira, cuenta que muchas veces la sangría se practicaba, no cortándole una
vena a quien se sentía enfermo, sino que le introducían una mano en un
recipiente que contenía sanguijuelas, las cuales se prendían de la carne
ocasionando graves desgarramiento del tejido.
En los largos años de la vida colonial venezolana, el ejercicio legal de la
medicina existían ramas como doctores y licenciados en medicina, cirujanos
algebristas, cirujanos latinos, maestros de cirugía, barberos cirujanos,
barberos sangradores, botánicos, comadronas y curanderos. A los cirujanos
algebristas los llamaban de esa manera de acuerdo al significado de la
palabra álgebra, que en árabe significa reducción, dado que ellos eran los
encargados de curar dislocaciones, acoplar huesos y cuerdas huídas. Los
barberos, al lado de cirujanos y sangradores, cumplían las funciones de
dentistas y, claro está, afeitaban y daban los cortes de acuerdo a la época. En
Guatire, contaba mi madre Clemencia Sánchez, se desempeñó como barbero
de primera y sacador de muelas, el señor Manuel Vicente Carrillo, quien
también mantuvo una posada y un restaurante a la salida del pueblo, vía
Caucagua, cerca del sector El Placer y de la Cañada de los Perros.
En la época de la colonia, así lo relatan los estudiosos de la historia de
la medicina, se requería, para ejercer las funciones de boticario, entre otras
cosas, poseer experiencia, ser de color blanco, hijo legítimo y hacer un
juramento mediante el cual defendería el dogma de la pureza original de la
Virgen María. Se sabe que la primera botica que abre sus puertas en Caracas,
la regentó Marcos Portero. También señalan los historiadores que, a Caracas
llegó, entre los años de 1740 y 1741, el joven farmacéutico francés Pedro
Blandain, instalando una bien surtida botica. Este apellido se castellanizó
como Blandín, encontrándose dos lugares identificados con ese apellido, uno
por donde pasaba el ferrocarril Caracas—La Guaira y otro por los linderos de
Chacao. Por aquellos remotos tiempos y hasta muy entrado el siglo XX no
faltaban los curanderos y charlatanes, quienes al lado de los ensalmos, se
encargaban de pregonar los principios curativos de oraciones, reliquias,
botellas de agua ensalmada, pencas, piedras de zamuro, raíces, tallos, hojas,
baños a medianoche sin luna, con aullidos de perros negros, acompañados
con el canto de la pavita y de la lechuza. Para obtener mayores datos sobre
este aspecto de la evolución de la medicina en Venezuela, recomendamos
consultar las investigaciones de los médicos Ricardo Archila y Ricardo Archila
Medina, hijo.
Y, como de medicina trata esta nota, le dejaremos lo que le pasó a un
médico por denunciar la existencia de la llegada a La Guaira de la mortal
peste bubónica, trasmitida por las ratas. El asunto lo relata el brillante
intelectual Mariano Picón Salas en su libro Los Días de Cipriano Castro.
Historia Venezolana del 900. El profesional de la medicina se llamaba Gómez
Peraza, quien da la señal de alarma al caudillo de turno, Cipriano Castro, a
quien para ese momento le faltaban pocos meses para que su compadre
Juan Vicente Gómez lo apartara del gobierno mediante un frío golpe de
estado. A Cipriano Castro no le gustó la denuncia es de que había llegado la
peste bubónica al puerto de La Guaira y mandó a poner preso al médico,
enviándolo directo a los negros calabozos de la prisión de La Rotunda, ello
por querer crear pánico y por estar, de eso se le acusó, a favor de los que
conspiraba contra El Cabito, que así le decían al caudillo de turno Cipriano
Castro. Lo cierto fue, como se lee en lo escrito por Picón Salas, que la peste
bubónica penetro en los hogares de La Guaira y Caracas, de donde
comienzan a sacar cadáveres. En 1918, cuando otra peste se hace presente,
la llamada gripe española o vómito negro, el tirano Juan Vicente Gómez huyó
hacia una de sus haciendas y no visitó a su hijo Alí Gómez, quien fue atacado
por la fatídica epidemia, la cual lo llevó a la tumba. Ahora, en plenos años
2020-2021, 2022, nos azota la peste del coronavirus que ha liquidado a nivel
mundial l más de 5 millones de personas, incluyendo, por supuesto, miles de
fallecidos en país.
en Venezuela, cronistas y estudiosos de la materia, señalan que durante los
días coloniales, en los dominios de la medicina, para cicatrizar una herida,
según la mentalidad de la época, el remedio más eficaz consistía en aplicar
sobre la herida un hierro candente o una cataplasma de cebolla combinada
con manteca de perro pequeño y si alguna persona era mordida por una
serpiente, el tratamiento consistía en un preparado a base de parte de la
víbora, pimienta negra, jugo de adormidera, incienso, trementina, goma y
miel de abeja. Como la cirugía en aquellos lejanos tiempos se tenía como un
oficio manual, no era desempeñada por los galenos, dado que la misma era
considerada una actividad indigna y por lo tanto se la dejaban a los barberos
y curiosos.
Para casi todas las enfermedades que se presentaban en la época
colonial, el tratamiento recomendado era la sangría, tratamiento que
consistía en cortarle una vena a la persona enferma y recoger la sangre en un
recipiente. Con relación a esta operación, el historiador Luis Enrique
González, autor de investigaciones sobre la evolución histórica y social de La
Guaira, cuenta que muchas veces la sangría se practicaba, no cortándole una
vena a quien se sentía enfermo, sino que le introducían una mano en un
recipiente que contenía sanguijuelas, las cuales se prendían de la carne
ocasionando graves desgarramiento del tejido.
En los largos años de la vida colonial venezolana, el ejercicio legal de la
medicina existían ramas como doctores y licenciados en medicina, cirujanos
algebristas, cirujanos latinos, maestros de cirugía, barberos cirujanos,
barberos sangradores, botánicos, comadronas y curanderos. A los cirujanos
algebristas los llamaban de esa manera de acuerdo al significado de la
palabra álgebra, que en árabe significa reducción, dado que ellos eran los
encargados de curar dislocaciones, acoplar huesos y cuerdas huídas. Los
barberos, al lado de cirujanos y sangradores, cumplían las funciones de
dentistas y, claro está, afeitaban y daban los cortes de acuerdo a la época. En
Guatire, contaba mi madre Clemencia Sánchez, se desempeñó como barbero
de primera y sacador de muelas, el señor Manuel Vicente Carrillo, quien
también mantuvo una posada y un restaurante a la salida del pueblo, vía
Caucagua, cerca del sector El Placer y de la Cañada de los Perros.
En la época de la colonia, así lo relatan los estudiosos de la historia de
la medicina, se requería, para ejercer las funciones de boticario, entre otras
cosas, poseer experiencia, ser de color blanco, hijo legítimo y hacer un
juramento mediante el cual defendería el dogma de la pureza original de la
Virgen María. Se sabe que la primera botica que abre sus puertas en Caracas,
la regentó Marcos Portero. También señalan los historiadores que, a Caracas
llegó, entre los años de 1740 y 1741, el joven farmacéutico francés Pedro
Blandain, instalando una bien surtida botica. Este apellido se castellanizó
como Blandín, encontrándose dos lugares identificados con ese apellido, uno
por donde pasaba el ferrocarril Caracas—La Guaira y otro por los linderos de
Chacao. Por aquellos remotos tiempos y hasta muy entrado el siglo XX no
faltaban los curanderos y charlatanes, quienes al lado de los ensalmos, se
encargaban de pregonar los principios curativos de oraciones, reliquias,
botellas de agua ensalmada, pencas, piedras de zamuro, raíces, tallos, hojas,
baños a medianoche sin luna, con aullidos de perros negros, acompañados
con el canto de la pavita y de la lechuza. Para obtener mayores datos sobre
este aspecto de la evolución de la medicina en Venezuela, recomendamos
consultar las investigaciones de los médicos Ricardo Archila y Ricardo Archila
Medina, hijo.
Y, como de medicina trata esta nota, le dejaremos lo que le pasó a un
médico por denunciar la existencia de la llegada a La Guaira de la mortal
peste bubónica, trasmitida por las ratas. El asunto lo relata el brillante
intelectual Mariano Picón Salas en su libro Los Días de Cipriano Castro.
Historia Venezolana del 900. El profesional de la medicina se llamaba Gómez
Peraza, quien da la señal de alarma al caudillo de turno, Cipriano Castro, a
quien para ese momento le faltaban pocos meses para que su compadre
Juan Vicente Gómez lo apartara del gobierno mediante un frío golpe de
estado. A Cipriano Castro no le gustó la denuncia es de que había llegado la
peste bubónica al puerto de La Guaira y mandó a poner preso al médico,
enviándolo directo a los negros calabozos de la prisión de La Rotunda, ello
por querer crear pánico y por estar, de eso se le acusó, a favor de los que
conspiraba contra El Cabito, que así le decían al caudillo de turno Cipriano
Castro. Lo cierto fue, como se lee en lo escrito por Picón Salas, que la peste
bubónica penetro en los hogares de La Guaira y Caracas, de donde
comienzan a sacar cadáveres. En 1918, cuando otra peste se hace presente,
la llamada gripe española o vómito negro, el tirano Juan Vicente Gómez huyó
hacia una de sus haciendas y no visitó a su hijo Alí Gómez, quien fue atacado
por la fatídica epidemia, la cual lo llevó a la tumba. Ahora, en plenos años
2020-2021, 2022, nos azota la peste del coronavirus que ha liquidado a nivel
mundial l más de 5 millones de personas, incluyendo, por supuesto, miles de
fallecidos en país.
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