sábado, 25 de junio de 2022

BARBEROS, CIRUJANOS Y SANGRADORES.

 

En la búsqueda de información acerca de la evolución de la medicina
en Venezuela, cronistas y estudiosos de la materia, señalan que durante los
días coloniales, en los dominios de la medicina, para cicatrizar una herida,
según la mentalidad de la época, el remedio más eficaz consistía en aplicar
sobre la herida un hierro candente o una cataplasma de cebolla combinada
con manteca de perro pequeño y si alguna persona era mordida por una
serpiente, el tratamiento consistía en un preparado a base de parte de la
víbora, pimienta negra, jugo de adormidera, incienso, trementina, goma y
miel de abeja. Como la cirugía en aquellos lejanos tiempos se tenía como un
oficio manual, no era desempeñada por los galenos, dado que la misma era
considerada una actividad indigna y por lo tanto se la dejaban a los barberos
y curiosos.
Para casi todas las enfermedades que se presentaban en la época
colonial, el tratamiento recomendado era la sangría, tratamiento que
consistía en cortarle una vena a la persona enferma y recoger la sangre en un
recipiente. Con relación a esta operación, el historiador Luis Enrique
González, autor de investigaciones sobre la evolución histórica y social de La
Guaira, cuenta que muchas veces la sangría se practicaba, no cortándole una
vena a quien se sentía enfermo, sino que le introducían una mano en un
recipiente que contenía sanguijuelas, las cuales se prendían de la carne
ocasionando graves desgarramiento del tejido.
En los largos años de la vida colonial venezolana, el ejercicio legal de la
medicina existían ramas como doctores y licenciados en medicina, cirujanos
algebristas, cirujanos latinos, maestros de cirugía, barberos cirujanos,
barberos sangradores, botánicos, comadronas y curanderos. A los cirujanos
algebristas los llamaban de esa manera de acuerdo al significado de la
palabra álgebra, que en árabe significa reducción, dado que ellos eran los
encargados de curar dislocaciones, acoplar huesos y cuerdas huídas. Los
barberos, al lado de cirujanos y sangradores, cumplían las funciones de
dentistas y, claro está, afeitaban y daban los cortes de acuerdo a la época. En
Guatire, contaba mi madre Clemencia Sánchez, se desempeñó como barbero
de primera y sacador de muelas, el señor Manuel Vicente Carrillo, quien
también mantuvo una posada y un restaurante a la salida del pueblo, vía
Caucagua, cerca del sector El Placer y de la Cañada de los Perros.
En la época de la colonia, así lo relatan los estudiosos de la historia de
la medicina, se requería, para ejercer las funciones de boticario, entre otras
cosas, poseer experiencia, ser de color blanco, hijo legítimo y hacer un
juramento mediante el cual defendería el dogma de la pureza original de la
Virgen María. Se sabe que la primera botica que abre sus puertas en Caracas,
la regentó Marcos Portero. También señalan los historiadores que, a Caracas
llegó, entre los años de 1740 y 1741, el joven farmacéutico francés Pedro
Blandain, instalando una bien surtida botica. Este apellido se castellanizó
como Blandín, encontrándose dos lugares identificados con ese apellido, uno
por donde pasaba el ferrocarril Caracas—La Guaira y otro por los linderos de
Chacao. Por aquellos remotos tiempos y hasta muy entrado el siglo XX no
faltaban los curanderos y charlatanes, quienes al lado de los ensalmos, se
encargaban de pregonar los principios curativos de oraciones, reliquias,
botellas de agua ensalmada, pencas, piedras de zamuro, raíces, tallos, hojas,
baños a medianoche sin luna, con aullidos de perros negros, acompañados
con el canto de la pavita y de la lechuza. Para obtener mayores datos sobre
este aspecto de la evolución de la medicina en Venezuela, recomendamos
consultar las investigaciones de los médicos Ricardo Archila y Ricardo Archila
Medina, hijo.
Y, como de medicina trata esta nota, le dejaremos lo que le pasó a un
médico por denunciar la existencia de la llegada a La Guaira de la mortal
peste bubónica, trasmitida por las ratas. El asunto lo relata el brillante
intelectual Mariano Picón Salas en su libro Los Días de Cipriano Castro.
Historia Venezolana del 900. El profesional de la medicina se llamaba Gómez
Peraza, quien da la señal de alarma al caudillo de turno, Cipriano Castro, a
quien para ese momento le faltaban pocos meses para que su compadre
Juan Vicente Gómez lo apartara del gobierno mediante un frío golpe de
estado. A Cipriano Castro no le gustó la denuncia es de que había llegado la
peste bubónica al puerto de La Guaira y mandó a poner preso al médico,
enviándolo directo a los negros calabozos de la prisión de La Rotunda, ello
por querer crear pánico y por estar, de eso se le acusó, a favor de los que
conspiraba contra El Cabito, que así le decían al caudillo de turno Cipriano
Castro. Lo cierto fue, como se lee en lo escrito por Picón Salas, que la peste
bubónica penetro en los hogares de La Guaira y Caracas, de donde
comienzan a sacar cadáveres. En 1918, cuando otra peste se hace presente,
la llamada gripe española o vómito negro, el tirano Juan Vicente Gómez huyó
hacia una de sus haciendas y no visitó a su hijo Alí Gómez, quien fue atacado
por la fatídica epidemia, la cual lo llevó a la tumba. Ahora, en plenos años
2020-2021, 2022, nos azota la peste del coronavirus que ha liquidado a nivel
mundial l más de 5 millones de personas, incluyendo, por supuesto, miles de
fallecidos en
 país.

viernes, 24 de junio de 2022

SANTA PARAULATA DEL ESPÍRITU SANTO

 

Guiados por la veteranía de José Joaquín” Cheguaco” Salazar Franco,
nos iremos en la búsqueda de algunas creencias que en la isla de Margarita
constituyen parte de la cultura popular. José Joaquín “Cheguaco” Salazar
Franco, buceador en el campo de las tradiciones y costumbres de su isla,
nació en la población de Tacarigua el año de 1926, desarrollando, dentro y
fuera de la villa que lo vio nacer, una intensa vida cultural, colaborando en
distintas instituciones dedicadas al rescate y divulgación del proceso histórico
y social de distintas comunidades margariteñas. A este preocupado escritor,
conferencista y colaborador de una larga lista de periódicos y revistas, tanto
de Margarita como de otras regiones del oriente del país, es autor del libro
Consejas y Leyendas Margariteñas.
José Joaquín “Cheguaco” Salazar Franco, como lo señala Carlos Stohr
en la introducción de la obra ya nombrada, siempre ha estado presto a
“defender, preservar y finalmente a eternizar con sus escritos una parte
importante de la vida de la isla, como lo son las costumbres margariteñas tan
vigentes desde los tiempos coloniales hasta llegar a nuestros días”. Entre
esos mitos y creencias muy conocidos en el territorio isleño, José Joaquín
“Cheguaco” Salazar Franco, conoce todo lo relacionado con La Tuchita de la
Virgen, Los Pájaros del Diablo, Las Ánimas Benditas del Purgatorio, La
Chinigua, La Llorona, Los Duendes, Las Sirenas, El Chivato, La Gallina Sacada,
La Puerca Parida, La Mula Maniá, El Muerto Cazador, Los Entierros del Vigía,
El Milagro del Diablo, El Secreto del Santiguao, La Cueva del Piache, Santa
Paraulata, La Cueva del Bufón, El Ángel de la Piedra, La Mata Mujer, El
Fantasma de Macanaíto, El Misterio de las Ballenas, El Santo Aparecido, El
Milagro de Santa Ciriaca, El Día del Juicio, La Iguana que le Habló a Gabino.
De la obra Consejas y Leyendas Margariteñas, hemos escogido la de
Santa Paraulata, bien narrada por su autor, la cual trata de una princesa
conocida como Paraulata que, fuera de poseer poderes para detener las
aguas, el viento y la energía solar, era capaz al mismo tiempo de elaborar los
más finos hilados de algodón silvestre y confeccionar tejidos con palma y
otras fibras vegetales y siempre estaba cubierta de bellos adornos elaborados
de conchas y corales del mar. Se dice que la Princesa Paraulata aprendió
oraciones y plegarias que venían de otros pueblos, lo que provocó que su
tribu la castigara por haber ofendido a sus dioses. Un consejo de ancianas
decidió encerrarla en un lugar seguro hasta que llegara la luna nueva para
sacrificarla por la ofensa cometida. Paraulata se escapó sin saberse cómo ni
cuándo. Habían pasado muchas lunas y muchos soles cuando un piache
encontró su cuerpo en la sagrada cueva. Al ver el cuerpo el brujo comenzó a
llamar a su mediante el pito de la guarura para que se enteraran del
encuentro, pero al llegar al interior de la caverna se encontraron, tanto el
piache, como los que hasta allí llegaron, con que el cuerpo de Paraulata había
desaparecido nuevamente… En aquel instante, cuenta el narrador, los
guaiqueríes se imaginaron que la guaricha había subido al lugar preferido de
los dioses. Todo esto se desarrollaba por los lados del Valle del Espíritu
Santo, en una elevación poblada de vegetación xerófila y embreñosa
conocida como cerro El Piache, considerado este lugar como el templo de
Santa Paraulata. Como ya hemos señalado, los que estén interesados en
conocer con lujo de detalles todo lo relacionado con la leyenda, así como el
escenario donde la misma se desarrolló y cómo han visto luego la imagen de
la bella princesa, no tienen más sino recurrir a las páginas del libro escrito por
José Joaquín “Cheguaco” Salazar Franco.

EL MAESTRO PRIETO FIGUEROA CUIDÓ GALLOS DE PELEA

 

En el artículo Colear Gallos del maestro Prieto Figueroa, publicado en
el diario El Nacional del 29 de abril de 1986, escrito en homenaje al padre
Pedro Pablo Barnola, humanista, escritor, miembro de la Academia de la
Lengua, el autor revela que su padre, Loreto Prieto Higuerey, de reconocida
obra en la Asunción, capital del estado Nueva Esparta, se había
desempeñado como juez en las peleas de gallos en Margarita, señalando
además que él, en su adolescencia cuidaba, tusaba y careaba gallos de pelea
que su progenitor poseía y, dado sus contactos con los asistentes a las
galleras y con apostadores, llegó a conocer una serie de términos empleados
en las galleras e indicaba que las apuestas se hacían en pesos de ocho reales,
equivalentes a cuatro bolívares. En su artículo, el maestro Luis Beltrán Prieto
Figueroa explica el significado de colear gallos, indicando que ellos son las
personas que asisten al gallo en su pelea, son los cuidadores. También
figuran como los encargados de llevar los ejemplares para iniciar la riña,
colocándolos en las tablillas.
Recuerda el destacado político, educador, parlamentario y escritor
Prieto Figueroa, que el coleador toma su gallo con la mano izquierda en
pechuga y la mano derecha en la punta de la cola. Las heridas, dice el
maestro Prieto, se conocen como tiro de morcillera, revelando que se dice
así porque al recibir la herida en el pescuezo toma la forma de morcilla.
Acerca de esta herida, Omar Alberto Pérez, en su estudio La Pelea de Gallos
en Venezuela, define no solo morcillera, sino también morcillera de cabeza,
morcillera de obispo y morcillera de viento. El transporte de los gallos se
hacen en bolsas, ello para que no se estropeen y deben ser sacados de ellas,
recuerda el autor del artículo, solicitud que hace el juez, para pesarlos. Los
colores de los gallos, escribe el maestro Prieto Figueroa, son muy variados,
encontrándose entre ellos giro, de color dorado brillante; zambo, tono
marrón de las plumas, localizándose allí zambo malatobo, zambo gallino y
guacharaco, con plumaje parecido al de esa ave. También existen gallos
pintos, marañones, jobados, negros blancos.
Para cerrar les recomendamos, que en esto de las riñas de gallos y
también para conocer todo lo relacionado con ellas, el libro de Omar Alberto
Pérez, arriba señalado, donde además se encuentran poemas de conocidos
autores venezolanos, entre ellos El Gallo Fanfarrón, del recordado humorista
Francisco “Job Pim” Pimentel, el cual dice al comienzo:
“Un gallo grande en un corral había
que, aunque de origen semipataruco,
la daba de maluco
y de los otros gallos se reía.
Pues, señor, un buen día
le quitó su gallina a otro pequeño,
(era, supongo yo, portorriqueño
y el gallito furioso por aquello,
le clavó las espuelas en el cuello,
y si no es que intervienen los demás,
no hubiera fanfarrón cantando más”.
Recordamos con agrado una anécdota del maestro Prieto allá en su
terruño natal, La Asunción, estado Nueva Esparta. Cuando le preguntaban el
por qué el nombre de su casa era Ancha y Ajena, solía responder: ! Ancha…
porque llega un gentío y todos caben y Ajena… porque la estoy pagando
todavía!

VIERNES Y CONTRAPUNTO

 

Con esos nombres se conocieron en Caracas dos grupos literarios y dos
revistas con el mismo nombre, publicadas por los integrantes de ambas
instituciones, las cuales pueden ser consultadas en las hemerotecas de la   
Biblioteca Nacional y en la de la Academia de la Historia. De la revista Viernes
salieron unos veinte números, actividad editorial esta que combinaron con
las ediciones de libros y plaquetas de poesía. Sobre la revista elaborada por
Contrapunto, el poeta Vicente Gerbasi, recuerda: “…magnífica revista que es
expresión de una verdadera literatura nueva y que encierra un luminoso
mensaje del espíritu venezolano”. En el Grupo Viernes, fundado en 1936,
militaron intelectuales, tales como, Pascual Venegas Filardo, Otto D´Sola,
Fernando Cabrices, Rafael Olivares Figueroa, Luis Fernando Álvarez, Ángel
Miguel Queremel, José Ramón Heredia, Oscar Rojas Jiménez, Pablo Rojas
Guardia, Vicente Gerbasi, Ramón Díaz Sánchez, Manuel Rodríguez Cárdenas,
Pedro Sotillo, José Fabbiani Ruiz, Aquiles Certad, José Miguel Ferrer, Julián
Padrón, Manuel Felipe Rugeles. Por su parte, el Grupo literario Contrapunto
surgiría entre los años de 1947 y 1948, formado por Antonio Márquez Salas,
Eddie Morales Crespo, José Ramón Medina, Juan Manuel González, Heriberto
Aponte, Héctor Mújica, Rafael Clemente Arráiz, José Luis Salcedo Bastardo,
Raúl Agudo Freites, Humberto Rivas Mijares, Oscar Guaramato, Andrés
Mariño Palacio, José Melich Orsini, Ernesto Mayz Vallenilla, Alí Lameda,
Ramón González Paredes, Luis Colmenarez Díaz. Como ustedes, amigos
lectores, muy bien pueden apreciar, bajo la sombra de esas dos
instituciones, se cubrieron altas figuras del pensamiento nacional.
Sobre estas dos importantes agrupaciones, el poeta Vicente Gerbasi,
del Grupo Viernes, escribió, en nota aparecida en su obra La Rama del
Relámpago, editada por la Casa de Bello: “Existe cierta diferencia entre
Viernes y Contrapunto y consiste en lo siguiente: primero, Viernes estaba
integrado, como ya lo hemos dicho, por poetas de diferentes promociones,
mientras que Contrapunto agrupaba personas de una sola promoción;
segundo, porque Viernes era un grupo integrado especialmente por poetas y
en cambio Contrapunto está compuesto en su mayoría por prosistas y
preferentemente por ensayistas, novelistas y cuentistas; tercero, porque
Viernes era un grupo homogéneo en cuanto a la orientación estética y a la
expresión de sus integrantes, mientras que Contrapunto se revela en forma
mucho menos cohesionada.” En otra parte de su ensayo Vicente Gerbasi, al
definir la actividad del grupo al cual él pertenecía, Viernes, nos relata:
“Viernes” presentó combate a la poesía que en ese momento se estaba
haciendo en Venezuela e introdujo en nuestro ambiente las más nuevas
corrientes poéticas, como el surrealismo, y divulgó a grandes poetas
contemporáneos que aquí eran completamente desconocidos y
especialmente a los de Chile, del Perú, del Uruguay, de México, de España, de
Francia y otros países”.
Se sabe de acuerdo a señalamientos de eminentes investigadores en el
campo literario, que en el Grupo Viernes participaron escritores extranjeros
de las dimensiones de Pedro Grases, José Luis Sánchez Trincado, Ramón
Martín Durbán, Alberto Junyent, Abel Valmitjana, Ulrich Leo, Wolfram
Dietrich, Humberto Díaz Casanueva, personalidades que se dedicaron con
ahínco al trabajo creativo en nuestro país, contribuyendo con ello a abrir
caminos a las generaciones venideras en el campo de la literatura, de la
investigación histórica y de la pedagogía. Nos dice el estudioso de nuestro
proceso literario Oscar Sambrano Urdaneta que, los notables filólogos y
críticos alemanes, Ulrich Leo y Wolfram Dietrich, llegaron aquí escapados de
las persecuciones nazis a los judíos, mientras que Pedro Grases, José Luis
Sánchez Trincado, Manuel Martín Durbán, Alberto Junyent y Abel
Valmitjana, salieron de su patria, España, a raíz de la guerra civil y Humberto
Díaz Casanueva, pedagogo chileno que llegó al país como miembro de la
misión de educadores encargada de fundar el Instituto Pedagógico.
En otra ocasión nos iremos a escudriñar sobre otros grupos, entre ellos
Válvula, Sardio, Tabla Redonda, el Techo de la Ballena, Presente, Suma,
Cantaclaro, Tráfico y Guaire. Por cierto, a la mayoría de los escritores y
pensadores de los grupos antes nombrados, el suscrito los conoció y los
atendió, recibiendo de ellos sabias recomendaciones, en la vieja sede de la
Biblioteca Nacional en el Palacio de las Academias, que fuera sede de la
Universidad Central de Venezuela.

ALGUNAS ANÉCDOTAS DE VENEZOLANOS ILUSTRES

   Las anécdotas que les dejamos a continuación aparecieron publicadas en el Almanaque Literario Venezolano (1968—1969). La primera anécdota...