Las anécdotas que les dejamos a continuación aparecieron publicadas en el Almanaque Literario Venezolano (1968—1969). La primera anécdota nos dice lo siguiente: “Tenía el general Carlos Soublette, a la sazón presidente de la República, la costumbre de pasearse a la hora del crepúsculo, por las calles caraqueñas, en unión del coronel Belford Histon Wilson, el leal edecán del Libertador y quien era representante diplomático de la Gran Bretaña. Coincidían en sus paseos con un negro incivil que se empecinaba en no darles la acera. Ante la insistente actitud del irrespetuoso peatón, Soublette le reclamó que si acaso ignoraba que él era el presidente de la República. Y el negro hubo de responderle: --Si lo sé, pero aquí en Venezuela “toítos semos” iguales. A lo que el demócrata Soublette se limitó a decirle: --Bueno, entonces, y en obsequio a ese igualdad, una vez tomas tú la acera y otra la tomo yo.” -- La segunda narración dice: “Una vez paseaban en coche por las calles caraqueñas el general José Tadeo Monagas y Jacinto Gutiérrez. Se oyó de súbito un grito estentóreo: --¡Adiós, “cabeza de quincalla”, ladrón! --¿Con quién reza lo de ladrón?—inquirió José Tadeo Monagas. --Lo de “cabeza de quincalla” es conmigo—fue la contestación de Gutiérrez". -- Un tercer relato tiene como actores a los humoristas Francisco “Job Pim” Pimentel y Leoncio “Leo” Martínez, destacados poetas, periodistas, escritores, quienes durante sus vidas se dedicaron a luchar, con ideas brillantes, contra la dictadura rural de Juan Vicente Gómez, actividad esta que los llevó en muchas oportunidades a la cárcel, concretamente a la infernal prisión de La Rotunda. Un hombre como Francisco “Job Pim” Pimentel, incapaz de matar una mosca, es llevado a cárcel cuando el general Juan Crisóstomo Gómez, Vicepresidente de la nación y hermano del dictador Juan Vicente Gómez, es cosido a puñaladas en su lecho en Miraflores. Sobre este suceso el Almanaque citado, publica lo siguiente: “A raíz del asesinato de Juan C. Gómez hubo muchísimas prisiones, y, naturalmente, el gran humorista Francisco Pimentel cayó en la redada. Era alcaide de la cárcel un hombre de apellido Benavides. A los tres años de reclusión pusieron al humorista en libertad. He aquí cómo refiere él mismo el episodio: Y cuando a los tres años un buen día Benavides me dijo en la Alcaidía Que estaba libre, respondí: ¿Quiere hacerme un favor? --Vamos a ver—me dijo--, ¿qué le pasa? --Que me diga, si puede, por qué he estado tanto tiempo guardado para decirlo en casa.” La anécdota con Leoncio “Leo” Martínez, fundador de Fantoches, es narrada así: Una de las tantas veces que su incontenible amor a la libertad llevó a Leoncio Martínez a pagar su tributo a la cárcel, fue allí sometido a interrogatorio: --Qué edad tiene? --La de Cristo. --Su estado civil, ¿soltero, casado o viudo? --Amancebado.* --¿Profesión? --Periodista. --¿Sabe leer y escribir? --No. *Amancebado: hombre que vive en concubinato con una mujer. Trato ilícito y habitual de hombre y mujer. Para cerrar las ventanas de los lances, léase anécdotas de conocidos venezolanos, les dejamos una del poeta valenciano Carlos Arvelo, figura muy conocida en Caracas durante el siglo XIX por los cargos públicos que ocupó y como “improvisador oportuno e ingenioso: el chiste y la agudeza partían de su numen como jabalinas luminosas… Observador sagaz y fustigador terrible, sus sátiras y retruécanos, apenas salidos de su pluma o de sus labios, corrían de boca en boca por todos los ámbitos de la República” He aquí una de las muchas anécdotas del nombrado poeta Arvelo: “Tuvo por muy señalada honra la sociedad caraqueña, invitar a Rafael Arvelo a sus banquetes para que los sazonase en las sobremesas con las áticas sales de su ingenio. Tomó en uno de esos banquetes una manzana, e improvisó de esta guisa: Por una cual presente Perdió el Paraíso Adán; Si hubiera sido Guzmán Se traga hasta la serpiente”. El poeta al nombrar Guzmán, se refería al caudillo Antonio Guzmán Blanco, varias veces presidente de Venezuela, considerado por los que han estudiado su vida y obra, como el gobernante más corrupto de los siglos XIX y XX. El general Carlos Soublette, quien también se desempeñó como presidente de la nación, llegó a manifestar en una oportunidad que lo que más temía en el mundo, eran las seguidillas de Arvelo. JMS/HZO.50
jueves, 30 de junio de 2022
POSADA Y HOTELES
Al efectuar una revisión de la obra Camile Pissarro, artista plástico, quien estuvo en nuestro país el año de 1852 y permaneció al lado de su maestro Melyye hasta 1854, tiempo suficiente que le permitió captar, a través de interesantes dibujos, diversos aspectos de la sociedad venezolana, nos encontramos que aquí, en suelo venezolano, trazó en sus lienzos, entre otras pinturas, Baile en la Posada, Vendedoras de Hortalizas, Arroyo en el Bosque, Camino del Cardonal, Descanso junto al arroyo, Tocador de Cuatro, Hacienda en Caracas, Plantación de Cacao, Jugadores de Naipes, Comida Familiar, Vendedora del Mercado, Aguadora, Serenata y Cocina al Aire Libre. Sobre tan importante artista plástico, nos dice Don Alfredo Boulton, lo siguiente: “En Venezuela aprendió a ver el paisaje y la luz del trópico, que habría, andando el tiempo, de servirle para su técnica de la gran revolución impresionista”. En la obra de Don Alfredo Boulton La Pintura en Venezuela, se reproduce una bella acuarela, donde se aprecia el ambiente reinante en una bodega. En el bien documentado libro Espacio y Tiempo del Dibujo en Venezuela, del crítico de arte Juan Calzadilla, se aprecian las reproducciones de algunos trabajos de Camille Pissarro, entre ellos Mujer Llevando Ropa a Lavar, Puente de Ña Romualda y Paisaje con Casa de Tejas Rojas. En la investigación cumplida por Juan Calzadilla, se nos informa que, Camille Pissarro, en sus inquietudes artísticas , “Pasa revista a lo humano y ve a las figuras moverse en medio de los candiles que iluminan la choza donde se baila un joropo”. Es importante señalar que, hasta muy entrado el siglo XX, en las posadas, las que se encontraban a lo largo de los caminos de Venezuela, así como en pueblos y ciudades, los viajeros, léase arrieros, carreteros, agentes viajeros, hombres a pie y a caballo, conseguían, no solo un lugar para el descanso reparador para ellos y sus respectivas bestias, sino también, la escenificación de un buen joropo, como el que plasma el pintor en unos de sus dibujos, donde “aparece la genta en plena fiesta, unos tocando y otros bailando. Allí están los músicos, todos negros. Todos bailan en el centro de la sala”. Una pequeña nota biográfica aparecida en la obra de Juan Calzadilla, se nos dice que Camille Pissarro había nacido en Charlotte Amalie, Islas Vírgenes, el 10 de julio de 1830 y va a fallecer en París el 12 de diciembre de 1903. A Venezuela llegó el 12 de noviembre de 1852. Realizó preferentemente dibujos de escenas costumbristas, continúa la semblanza biográfica, en los alrededores de Caracas … Estuvo también en La Guaira y Maiquetía…Desarrolló en Francia, sigue la nota, su obra impresionista que le daría la fama, como uno de los grandes maestros de la pintura moderna. En el dominio de las posadas, aquellas que existieron en la otrora Caracas antes de la construcción del moderno hotel Majestic, ubicado por los lados del Teatro Municipal, derribado, empleando para ello una gran bola de hierro, para darle paso al Centro Simón Bolívar, el ensayista, historiador, educador, académico Pedro José Muñoz, en su libro Imagen Afectiva de Caracas, trae una interesante lista de estos establecimientos que en la capital llenaron toda una época. Este ilustre venezolano, nacido en Guanare el año de 1888, lector e investigador asiduo visitante en la Biblioteca Nacional, de quien recibimos importantes informaciones en los campos de la historia y de la literatura, es también autor de La Noria de los Días, Crónica de Guanare, José Antonio Páez, síntesis de un destino histórico, Boves : el rebelde, Nicolás Rolando, breve imagen de su personalidad, Salutación y Ensayo, Elogio del general José Antonio Anzoátegui. El sabio cronista José García de la Concha, al tratar el tema de los hoteles y pensiones existentes en la Caracas que él conoció, al pasearse por el dominio de las pensiones, nos relata, que en Caracas las había muy buenas y aristocráticas, administradas, dice el escritor, por damas de la más distinguida sociedad, señalando entre ellas la de Doña Lola Ibarra, donde se alojaban diplomáticos y viajeros; la de la señora Domínguez, recomendada por su situación y ambiente familiar; la de Lina Pécchio, solicitada por los extranjeros que llegaban a la ciudad; la de la señora Doucharme de París, en La Pastora, entre las esquinas de San Vicente y Medina, famosa por los platos que servían. En los espacios de los hoteles, de la Caracas que ya se marchó, como escribiera Don Alfredo Cortina, nuestro humanista García de la Concha, recuerda el hotel Klindt, considerado el mejor de la ciudad, situado frente a la Plaza Bolívar, en la esquina de La Torre, diagonal con la Catedral; el Gran Hotel, en la esquina de Mercaderes; el Pensilvania, por los lados de la esquina de Pajaritos; el Santamán, en la esquina de San Francisco; El León de Oro, en la esquina de Los Traposos, señalando nuestro informante que allí se alojaba el general Joaquín Crespo antes de ser presidente; el Barcelonés, de Torres a Madrices, cercano a la Plaza Bolívar, se distinguía por su buena comida criolla. No faltaban, como lo relata García de la Concha en su libro Reminiscencias, los hotelitos baratos, de tabiques de coleta forrados en papel de periódicos y con aguamanilitos de tres patas. Don Alfredo Cortina, pionero de la radiodifusión venezolana, fotógrafo, relojero, libretista, cineasta, en su obra Caracas, la ciudad que se nos fue, al describir las pensiones caraqueñas, recuerda: “Existían pensiones muy recomendadas por pertenecer a familias muy honorables que figuraron en el mundo del “gran cacao”… Alquilaban uno o dos cuartos y podían disfrutar de toda la casa. Los inquilinos, dice el autor citado, salían juntos con los propietarios a pasear por Caracas, alquilando para ello un coche para ir a visitar lugares como El Paraíso, El Calvario, Plaza Bolívar, El Cementerio, las estaciones del ferrocarril, el túnel de El Calvario, el viaducto de Caño Amarillo, Puente de Hierro y acudir a las presentaciones teatrales. En Guatire fue famosa la pensión regentada por el padre del cómico Chuchín Marcano, situada frente a la plaza 24 de Julio. Por cierto, este actor, Chuchín Marcano, de prolongada actuación en la radio y la televisión, llenó toda una época, así como Roberto Hernández, Félix “Pancho Tiznado” Cardona Moreno, Amador Bendayán, Mario Santa Cruz y los elencos que actuaban en la familia Buchipluma, Frijolito y Robustiana, la Terrible Jefatura. García de la Concha, en su obra ya nombrada, no olvida las actuaciones de cómicos de las dimensiones de Jesús Izquierdo, Antonio Saavedra y Rafael Guinand. A este último actor, siendo quien escribe un muchacho de corta edad, llegó a oírlo, a través de la radio, en su programa El Galerón Premiado y también lo recuerda caracterizando a Don Rafael, en la radionovela El derecho de Nacer, compartiendo elenco con Luis Salazar, América Barrios, Olga Castillo, Ana Teresa Guinand, entre otros conocidos actores y actrices del momento.
AREPITA
Esta breve nota nada tiene que ver con las arepitas dulces con anís, como las que nos vendía Isabelita Acuña a los patinadores, en los días navideños en Guatire, y menos, con aquella bella canción de cuna que comenzaba: “Arepita de manteca, para mamá que da la teta. Arepita de cebada para papá que no da nada”, sino con un personaje popular que recorría las calles de Caracas. En sus reminiscencias el sabio cronista Don José García de la Concha, dice que era una pobre mujer que nadie sabía de dónde había venido ni cómo se llamaba. No era muy vieja, recuerda García de la Concha, pero había perdido los dientes y por lo tanto tenía la boca hundida, la cara tomaba un aspecto muy singular, que le cuadraba perfectamente con aquel sobrenombre, Arepita. Siguiendo con el retrato de Arepita, trazado por nuestro respetado escritor antes citado, ella era delgada, callada y con manía de grandeza y por ese garbo que le imprimía a su miserable existencia, así lo expresa García de la Concha, las muchachas de aquella Caracas se divertían más y mejor con la pobre loca. En su perfil sobre Arepita, nuestro orientador, recuerda que las muchachas le arreglaban sombreros de plumas y flores, le regalaban viejos vestidos de bailes, zapatos dorados y muchas otras prendas ya inservibles. Todas se las echaba encima y con ellas se paseaba por las calles de Caracas en plan de gran señora. Una de las escenas montada por Arepita, cuenta García de la Concha, fue en la casa de la familia Santana, situada en las esquinas de Caja de Agua a Salas, cuando el servicio de adentro escuchó que tocaban la puerta, justo a la hora de servir el té, y al abrirla se encontró con el espantapájaros de Arepita y creyendo que era una visita fue enseguida a avisarle a la señora, recibiendo la orden de abrir la sala y pasarla. Pero, cual no sería la sorpresa de Doña Beatriz, que así se llamaba la conductora de aquel hogar, lo plasma García de la Concha, cuando se encuentra en la sala nada mas ni nada menos que con la famosa Arepita sentada en uno de los cómodos sillones. Un verdadero chasco. Don José García de la Concha en sus Reminiscencias, también traza pincelada sobre las figuras de otros personajes populares como Cachorro, Nuestra Señora de las Batatas y Malabar. Cachorro tenía la manía de caminar toda Caracas muy de prisa y hablando solo. Era un ser pacífico. No se metía con nadie. Solo se enfurecía cuando los muchachos le gritaban “Cachorro, ladrón de gallinas”. Por su parte, Nuestra Señora de las Batatas, identificada así porque sobre su cabeza llevaba siempre un saco de batatas sancochadas o salcochadas como único alimento, su nombre de pila era Ana Francisca y vivía todo el tiempo rezando. Cuenta Don José García de la Concha que el personaje en cuestión era alta, fuerte, negra y se vestía con una especie de hábito negro. Ana Francisca o Nuestra Señora de las Batatas, hacía grandes penitencias, entre ellas, como se lee en la obra Reminiscencias, una donde fue encontrada de rodilla limpiando el piso de la iglesia Santa Capilla con la lengua y los brazos en cruz, mientras que el personaje caraqueño conocido como Malabar, era de piel negra, tinto, e irónicamente lo llamaban malabar, vendía periódicos, dulces y billetes de lotería, los números cantados por su potente voz se oían a larga distancia.
EL POPULAR PICAFLOR CARAQUEÑO
Al buscar en las páginas del Diccionario de Venezolanismos el significado de picaflor, sinónimo de cucarachón, que se le montó en Caracas a los hombres enamoradizos, mujeriegos, falderos, los conocidos como don Juanes, nos encontramos que nada tiene que ver no con las bellas aves y/o insectos que van de flor en flor ni con las asquerosas y rastreras cucarachas. El gran humorista, periodista, cuentista, publicista, caricaturista Leoncio “Leo” Martínez, citado en el Diccionario antes señalado, escribe, refiriéndose al cucarachón: “Es una de las más importantes figuras de la sociedad caraqueña, aunque sospechamos que tenga sus representativos en el interior de la república. El cucarachón es un individuo bien trajeado, buen bailarín, bregador de niñas, poco o nada pagador, “gradillero” profesional, buena copa y a veces deportista". En bien condimentadas páginas, ya amarillentas, redactadas por conocedores de la vida caraqueña, como Aquiles Nazoa, Carlos Eduardo “Caremis” Misle, Guillermo José Schael, Enrique Bernardo Núñez, Graciela Schael Martínez, Carmen Clemente Travieso, se nos dice que el cucarachón se vestía mediante el fiado y, por lo tanto siempre tenía al turco y al sastre atrás, tratando de cobrarle. A este personaje, gradillero de primera, se le conocía así porque siempre se le veía, exhibiendo sus trajes, en la esquina de Las Gradillas, así como cerca de los postes y ventanas donde estaban residenciadas bellas jovencitas. Con la ayuda de la historiadora, escritora, periodista, cronista, ensayista Graciela Schael Martínez, les llevaremos una pintura que tan distinguida intelectual traza del cucarachón, enamoradizo y picaflor caraqueño. En su sabrosa nota nos informa que el personaje en cuestión se movía por los años de 1925 en la ciudad capital y se podía ubicar en dos clases: El cucarachón social y el cucarachón de menos postín. Veamos qué nos dice nuestra amiga Graciela Schael Martínez - asidua visitante de la Biblioteca Nacional en la permanente búsqueda de información, lugar donde la atendí y sostuve con ella amenas conversaciones sobre aspectos históricos de la ciudad de Caracas - sobre el ya nombrado cucarachón o picaflor. El llamado cucarachón social se caracterizaba por estar siempre bien vestido, con trajes de última moda, flamante sombrero y zapatos de charol de dos tonos. Poseía ciertos recursos, por ser empleado de algún organismo público o privado, con los cuales podía pagar las cuotas del sastre, la lavandería del chino y el club de zapatos. Nuestra informante, al pasearse por actividades del cucarachón social, revela además, que el mismo era de atildada apariencia y elegancia, ingeniándoselas para figurar socialmente, por lo que siempre se le veía en los cines, circos, teatros, paseos, matrimonios, bailes de gala, bautizos, cumpleaños, conciertos, retretas dominicales, arrocitos, piñatas y en los velorios . Por sus compromisos, el cucarachón social siempre andaba más limpio que talón de lavandera y, cuando daba alguna contribución, entonces le sacaba el máximo provecho, ello por las habilidades que poseía. Siguiendo con los datos suministrados por nuestra guía, en este caso Graciela Schael Martínez, al trazarnos la estampa del cucarachón de menos postín, nos dice que éste tenía una actividad poco extendida, moviéndose en los linderos de su barriada o parroquia, poseedor de una percha menos elegante que la del cucarachón social y se le identificaba como de arrocitos familiares, es decir, eventos bailables amenizados con pianolas, fonógrafos y, con el correr del tiempo, con la Orquesta Picot y su respectivo cantante Agujita - de donde se desprende aquello de picoteo. Este simpático personaje, quien estaba bien informado de los eventos a escenificarse en el sector donde vivía, se metía en ellos sin ser invitado, se coleaba pues. La indumentaria la conseguía, enchivándose con la de sus amigos, a quienes les pedía prestados zapatos, camisas, pantalones, sombreros, corbatas, chalecos. Al poseer todos esta vestimenta, se hacía presente en todo tipo de recepciones como los cumpleaños, de donde no lo sacaba nadie. Gozaba, diríamos nosotros, un mundo. Era el primero en llegar y el último en retirarse. A
sábado, 25 de junio de 2022
LAS MEJORES PULPERÍAS VÍA HACIA EL ESTE
ESQUINA DE LAS CABEZAS
SE AFEITABA CON AMBAS MANOS
BARBEROS, CIRUJANOS Y SANGRADORES.
en Venezuela, cronistas y estudiosos de la materia, señalan que durante los
días coloniales, en los dominios de la medicina, para cicatrizar una herida,
según la mentalidad de la época, el remedio más eficaz consistía en aplicar
sobre la herida un hierro candente o una cataplasma de cebolla combinada
con manteca de perro pequeño y si alguna persona era mordida por una
serpiente, el tratamiento consistía en un preparado a base de parte de la
víbora, pimienta negra, jugo de adormidera, incienso, trementina, goma y
miel de abeja. Como la cirugía en aquellos lejanos tiempos se tenía como un
oficio manual, no era desempeñada por los galenos, dado que la misma era
considerada una actividad indigna y por lo tanto se la dejaban a los barberos
y curiosos.
Para casi todas las enfermedades que se presentaban en la época
colonial, el tratamiento recomendado era la sangría, tratamiento que
consistía en cortarle una vena a la persona enferma y recoger la sangre en un
recipiente. Con relación a esta operación, el historiador Luis Enrique
González, autor de investigaciones sobre la evolución histórica y social de La
Guaira, cuenta que muchas veces la sangría se practicaba, no cortándole una
vena a quien se sentía enfermo, sino que le introducían una mano en un
recipiente que contenía sanguijuelas, las cuales se prendían de la carne
ocasionando graves desgarramiento del tejido.
En los largos años de la vida colonial venezolana, el ejercicio legal de la
medicina existían ramas como doctores y licenciados en medicina, cirujanos
algebristas, cirujanos latinos, maestros de cirugía, barberos cirujanos,
barberos sangradores, botánicos, comadronas y curanderos. A los cirujanos
algebristas los llamaban de esa manera de acuerdo al significado de la
palabra álgebra, que en árabe significa reducción, dado que ellos eran los
encargados de curar dislocaciones, acoplar huesos y cuerdas huídas. Los
barberos, al lado de cirujanos y sangradores, cumplían las funciones de
dentistas y, claro está, afeitaban y daban los cortes de acuerdo a la época. En
Guatire, contaba mi madre Clemencia Sánchez, se desempeñó como barbero
de primera y sacador de muelas, el señor Manuel Vicente Carrillo, quien
también mantuvo una posada y un restaurante a la salida del pueblo, vía
Caucagua, cerca del sector El Placer y de la Cañada de los Perros.
En la época de la colonia, así lo relatan los estudiosos de la historia de
la medicina, se requería, para ejercer las funciones de boticario, entre otras
cosas, poseer experiencia, ser de color blanco, hijo legítimo y hacer un
juramento mediante el cual defendería el dogma de la pureza original de la
Virgen María. Se sabe que la primera botica que abre sus puertas en Caracas,
la regentó Marcos Portero. También señalan los historiadores que, a Caracas
llegó, entre los años de 1740 y 1741, el joven farmacéutico francés Pedro
Blandain, instalando una bien surtida botica. Este apellido se castellanizó
como Blandín, encontrándose dos lugares identificados con ese apellido, uno
por donde pasaba el ferrocarril Caracas—La Guaira y otro por los linderos de
Chacao. Por aquellos remotos tiempos y hasta muy entrado el siglo XX no
faltaban los curanderos y charlatanes, quienes al lado de los ensalmos, se
encargaban de pregonar los principios curativos de oraciones, reliquias,
botellas de agua ensalmada, pencas, piedras de zamuro, raíces, tallos, hojas,
baños a medianoche sin luna, con aullidos de perros negros, acompañados
con el canto de la pavita y de la lechuza. Para obtener mayores datos sobre
este aspecto de la evolución de la medicina en Venezuela, recomendamos
consultar las investigaciones de los médicos Ricardo Archila y Ricardo Archila
Medina, hijo.
Y, como de medicina trata esta nota, le dejaremos lo que le pasó a un
médico por denunciar la existencia de la llegada a La Guaira de la mortal
peste bubónica, trasmitida por las ratas. El asunto lo relata el brillante
intelectual Mariano Picón Salas en su libro Los Días de Cipriano Castro.
Historia Venezolana del 900. El profesional de la medicina se llamaba Gómez
Peraza, quien da la señal de alarma al caudillo de turno, Cipriano Castro, a
quien para ese momento le faltaban pocos meses para que su compadre
Juan Vicente Gómez lo apartara del gobierno mediante un frío golpe de
estado. A Cipriano Castro no le gustó la denuncia es de que había llegado la
peste bubónica al puerto de La Guaira y mandó a poner preso al médico,
enviándolo directo a los negros calabozos de la prisión de La Rotunda, ello
por querer crear pánico y por estar, de eso se le acusó, a favor de los que
conspiraba contra El Cabito, que así le decían al caudillo de turno Cipriano
Castro. Lo cierto fue, como se lee en lo escrito por Picón Salas, que la peste
bubónica penetro en los hogares de La Guaira y Caracas, de donde
comienzan a sacar cadáveres. En 1918, cuando otra peste se hace presente,
la llamada gripe española o vómito negro, el tirano Juan Vicente Gómez huyó
hacia una de sus haciendas y no visitó a su hijo Alí Gómez, quien fue atacado
por la fatídica epidemia, la cual lo llevó a la tumba. Ahora, en plenos años
2020-2021, 2022, nos azota la peste del coronavirus que ha liquidado a nivel
mundial l más de 5 millones de personas, incluyendo, por supuesto, miles de
fallecidos en país.
viernes, 24 de junio de 2022
SANTA PARAULATA DEL ESPÍRITU SANTO
nos iremos en la búsqueda de algunas creencias que en la isla de Margarita
constituyen parte de la cultura popular. José Joaquín “Cheguaco” Salazar
Franco, buceador en el campo de las tradiciones y costumbres de su isla,
nació en la población de Tacarigua el año de 1926, desarrollando, dentro y
fuera de la villa que lo vio nacer, una intensa vida cultural, colaborando en
distintas instituciones dedicadas al rescate y divulgación del proceso histórico
y social de distintas comunidades margariteñas. A este preocupado escritor,
conferencista y colaborador de una larga lista de periódicos y revistas, tanto
de Margarita como de otras regiones del oriente del país, es autor del libro
Consejas y Leyendas Margariteñas.
José Joaquín “Cheguaco” Salazar Franco, como lo señala Carlos Stohr
en la introducción de la obra ya nombrada, siempre ha estado presto a
“defender, preservar y finalmente a eternizar con sus escritos una parte
importante de la vida de la isla, como lo son las costumbres margariteñas tan
vigentes desde los tiempos coloniales hasta llegar a nuestros días”. Entre
esos mitos y creencias muy conocidos en el territorio isleño, José Joaquín
“Cheguaco” Salazar Franco, conoce todo lo relacionado con La Tuchita de la
Virgen, Los Pájaros del Diablo, Las Ánimas Benditas del Purgatorio, La
Chinigua, La Llorona, Los Duendes, Las Sirenas, El Chivato, La Gallina Sacada,
La Puerca Parida, La Mula Maniá, El Muerto Cazador, Los Entierros del Vigía,
El Milagro del Diablo, El Secreto del Santiguao, La Cueva del Piache, Santa
Paraulata, La Cueva del Bufón, El Ángel de la Piedra, La Mata Mujer, El
Fantasma de Macanaíto, El Misterio de las Ballenas, El Santo Aparecido, El
Milagro de Santa Ciriaca, El Día del Juicio, La Iguana que le Habló a Gabino.
De la obra Consejas y Leyendas Margariteñas, hemos escogido la de
Santa Paraulata, bien narrada por su autor, la cual trata de una princesa
conocida como Paraulata que, fuera de poseer poderes para detener las
aguas, el viento y la energía solar, era capaz al mismo tiempo de elaborar los
más finos hilados de algodón silvestre y confeccionar tejidos con palma y
otras fibras vegetales y siempre estaba cubierta de bellos adornos elaborados
de conchas y corales del mar. Se dice que la Princesa Paraulata aprendió
oraciones y plegarias que venían de otros pueblos, lo que provocó que su
tribu la castigara por haber ofendido a sus dioses. Un consejo de ancianas
decidió encerrarla en un lugar seguro hasta que llegara la luna nueva para
sacrificarla por la ofensa cometida. Paraulata se escapó sin saberse cómo ni
cuándo. Habían pasado muchas lunas y muchos soles cuando un piache
encontró su cuerpo en la sagrada cueva. Al ver el cuerpo el brujo comenzó a
llamar a su mediante el pito de la guarura para que se enteraran del
encuentro, pero al llegar al interior de la caverna se encontraron, tanto el
piache, como los que hasta allí llegaron, con que el cuerpo de Paraulata había
desaparecido nuevamente… En aquel instante, cuenta el narrador, los
guaiqueríes se imaginaron que la guaricha había subido al lugar preferido de
los dioses. Todo esto se desarrollaba por los lados del Valle del Espíritu
Santo, en una elevación poblada de vegetación xerófila y embreñosa
conocida como cerro El Piache, considerado este lugar como el templo de
Santa Paraulata. Como ya hemos señalado, los que estén interesados en
conocer con lujo de detalles todo lo relacionado con la leyenda, así como el
escenario donde la misma se desarrolló y cómo han visto luego la imagen de
la bella princesa, no tienen más sino recurrir a las páginas del libro escrito por
José Joaquín “Cheguaco” Salazar Franco.
EL MAESTRO PRIETO FIGUEROA CUIDÓ GALLOS DE PELEA
el diario El Nacional del 29 de abril de 1986, escrito en homenaje al padre
Pedro Pablo Barnola, humanista, escritor, miembro de la Academia de la
Lengua, el autor revela que su padre, Loreto Prieto Higuerey, de reconocida
obra en la Asunción, capital del estado Nueva Esparta, se había
desempeñado como juez en las peleas de gallos en Margarita, señalando
además que él, en su adolescencia cuidaba, tusaba y careaba gallos de pelea
que su progenitor poseía y, dado sus contactos con los asistentes a las
galleras y con apostadores, llegó a conocer una serie de términos empleados
en las galleras e indicaba que las apuestas se hacían en pesos de ocho reales,
equivalentes a cuatro bolívares. En su artículo, el maestro Luis Beltrán Prieto
Figueroa explica el significado de colear gallos, indicando que ellos son las
personas que asisten al gallo en su pelea, son los cuidadores. También
figuran como los encargados de llevar los ejemplares para iniciar la riña,
colocándolos en las tablillas.
Recuerda el destacado político, educador, parlamentario y escritor
Prieto Figueroa, que el coleador toma su gallo con la mano izquierda en
pechuga y la mano derecha en la punta de la cola. Las heridas, dice el
maestro Prieto, se conocen como tiro de morcillera, revelando que se dice
así porque al recibir la herida en el pescuezo toma la forma de morcilla.
Acerca de esta herida, Omar Alberto Pérez, en su estudio La Pelea de Gallos
en Venezuela, define no solo morcillera, sino también morcillera de cabeza,
morcillera de obispo y morcillera de viento. El transporte de los gallos se
hacen en bolsas, ello para que no se estropeen y deben ser sacados de ellas,
recuerda el autor del artículo, solicitud que hace el juez, para pesarlos. Los
colores de los gallos, escribe el maestro Prieto Figueroa, son muy variados,
encontrándose entre ellos giro, de color dorado brillante; zambo, tono
marrón de las plumas, localizándose allí zambo malatobo, zambo gallino y
guacharaco, con plumaje parecido al de esa ave. También existen gallos
pintos, marañones, jobados, negros blancos.
Para cerrar les recomendamos, que en esto de las riñas de gallos y
también para conocer todo lo relacionado con ellas, el libro de Omar Alberto
Pérez, arriba señalado, donde además se encuentran poemas de conocidos
autores venezolanos, entre ellos El Gallo Fanfarrón, del recordado humorista
Francisco “Job Pim” Pimentel, el cual dice al comienzo:
“Un gallo grande en un corral había
que, aunque de origen semipataruco,
la daba de maluco
y de los otros gallos se reía.
Pues, señor, un buen día
le quitó su gallina a otro pequeño,
(era, supongo yo, portorriqueño
y el gallito furioso por aquello,
le clavó las espuelas en el cuello,
y si no es que intervienen los demás,
no hubiera fanfarrón cantando más”.
Recordamos con agrado una anécdota del maestro Prieto allá en su
terruño natal, La Asunción, estado Nueva Esparta. Cuando le preguntaban el
por qué el nombre de su casa era Ancha y Ajena, solía responder: ! Ancha…
porque llega un gentío y todos caben y Ajena… porque la estoy pagando
todavía!
VIERNES Y CONTRAPUNTO
revistas con el mismo nombre, publicadas por los integrantes de ambas
instituciones, las cuales pueden ser consultadas en las hemerotecas de la
Biblioteca Nacional y en la de la Academia de la Historia. De la revista Viernes
salieron unos veinte números, actividad editorial esta que combinaron con
las ediciones de libros y plaquetas de poesía. Sobre la revista elaborada por
Contrapunto, el poeta Vicente Gerbasi, recuerda: “…magnífica revista que es
expresión de una verdadera literatura nueva y que encierra un luminoso
mensaje del espíritu venezolano”. En el Grupo Viernes, fundado en 1936,
militaron intelectuales, tales como, Pascual Venegas Filardo, Otto D´Sola,
Fernando Cabrices, Rafael Olivares Figueroa, Luis Fernando Álvarez, Ángel
Miguel Queremel, José Ramón Heredia, Oscar Rojas Jiménez, Pablo Rojas
Guardia, Vicente Gerbasi, Ramón Díaz Sánchez, Manuel Rodríguez Cárdenas,
Pedro Sotillo, José Fabbiani Ruiz, Aquiles Certad, José Miguel Ferrer, Julián
Padrón, Manuel Felipe Rugeles. Por su parte, el Grupo literario Contrapunto
surgiría entre los años de 1947 y 1948, formado por Antonio Márquez Salas,
Eddie Morales Crespo, José Ramón Medina, Juan Manuel González, Heriberto
Aponte, Héctor Mújica, Rafael Clemente Arráiz, José Luis Salcedo Bastardo,
Raúl Agudo Freites, Humberto Rivas Mijares, Oscar Guaramato, Andrés
Mariño Palacio, José Melich Orsini, Ernesto Mayz Vallenilla, Alí Lameda,
Ramón González Paredes, Luis Colmenarez Díaz. Como ustedes, amigos
lectores, muy bien pueden apreciar, bajo la sombra de esas dos
instituciones, se cubrieron altas figuras del pensamiento nacional.
Sobre estas dos importantes agrupaciones, el poeta Vicente Gerbasi,
del Grupo Viernes, escribió, en nota aparecida en su obra La Rama del
Relámpago, editada por la Casa de Bello: “Existe cierta diferencia entre
Viernes y Contrapunto y consiste en lo siguiente: primero, Viernes estaba
integrado, como ya lo hemos dicho, por poetas de diferentes promociones,
mientras que Contrapunto agrupaba personas de una sola promoción;
segundo, porque Viernes era un grupo integrado especialmente por poetas y
en cambio Contrapunto está compuesto en su mayoría por prosistas y
preferentemente por ensayistas, novelistas y cuentistas; tercero, porque
Viernes era un grupo homogéneo en cuanto a la orientación estética y a la
expresión de sus integrantes, mientras que Contrapunto se revela en forma
mucho menos cohesionada.” En otra parte de su ensayo Vicente Gerbasi, al
definir la actividad del grupo al cual él pertenecía, Viernes, nos relata:
“Viernes” presentó combate a la poesía que en ese momento se estaba
haciendo en Venezuela e introdujo en nuestro ambiente las más nuevas
corrientes poéticas, como el surrealismo, y divulgó a grandes poetas
contemporáneos que aquí eran completamente desconocidos y
especialmente a los de Chile, del Perú, del Uruguay, de México, de España, de
Francia y otros países”.
Se sabe de acuerdo a señalamientos de eminentes investigadores en el
campo literario, que en el Grupo Viernes participaron escritores extranjeros
de las dimensiones de Pedro Grases, José Luis Sánchez Trincado, Ramón
Martín Durbán, Alberto Junyent, Abel Valmitjana, Ulrich Leo, Wolfram
Dietrich, Humberto Díaz Casanueva, personalidades que se dedicaron con
ahínco al trabajo creativo en nuestro país, contribuyendo con ello a abrir
caminos a las generaciones venideras en el campo de la literatura, de la
investigación histórica y de la pedagogía. Nos dice el estudioso de nuestro
proceso literario Oscar Sambrano Urdaneta que, los notables filólogos y
críticos alemanes, Ulrich Leo y Wolfram Dietrich, llegaron aquí escapados de
las persecuciones nazis a los judíos, mientras que Pedro Grases, José Luis
Sánchez Trincado, Manuel Martín Durbán, Alberto Junyent y Abel
Valmitjana, salieron de su patria, España, a raíz de la guerra civil y Humberto
Díaz Casanueva, pedagogo chileno que llegó al país como miembro de la
misión de educadores encargada de fundar el Instituto Pedagógico.
En otra ocasión nos iremos a escudriñar sobre otros grupos, entre ellos
Válvula, Sardio, Tabla Redonda, el Techo de la Ballena, Presente, Suma,
Cantaclaro, Tráfico y Guaire. Por cierto, a la mayoría de los escritores y
pensadores de los grupos antes nombrados, el suscrito los conoció y los
atendió, recibiendo de ellos sabias recomendaciones, en la vieja sede de la
Biblioteca Nacional en el Palacio de las Academias, que fuera sede de la
Universidad Central de Venezuela.
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